Mi aventura en Addis Abeba, Etiopía

A mediados del año pasado emprendería una de esas aventuras que desde hacía tiempo quería acometer. Un viaje por el África occidental en el que recorrería los países de Etiopía, Kenya y Tanzania, además de la Isla de Zanzíbar, donde después de tres semanas capeando con las vicisitudes propias de la zona (visados, transportes etc...) pondría fin a mi recorrido africano disfrutando de sus increíbles playas de arena blanca.

Pero lo cierto es que, de todos los destinos del viaje, el que más me llamaba la atención era Etiopia, un país único en África, que más allá de datos como su población (2º país más poblado de África) o un índice de desarrollo que lo sitúa como uno de los países más pobres del mundo, presume de no haber sido nunca colonizado, algo único en el continente, preservando así muchas de sus costumbres milenarias, como un calendario y horario propios (que celebra el año nuevo el 11 de septiembre), más de 200 idiomas, siendo oficial el amárico con su peculiar caligrafía, y un crisol de religiones que abarca desde el cristianismo (con mayoría ortodoxa) hasta la religión rastafari.

Sin embargo, mi estancia en Addis Abeba, su capital y primera parada de mi viaje, no fue nada fácil. No me gusta dramatizar y siempre trato de ver el lado positivo de las cosas, y reconozco que las zonas con dificultades siempre me han llamado la atención, pues creo que es en las que más se puede aprender de la realidad de un lugar...no puedo visitar Nueva York sin ir al Bronx, o a Río de Janeiro y no alojarme en alguna de sus favelas, y lo mismo en tantos otros sitios...pero lo que vi en Addis Abeba superó con creces todo lo anterior. Por ello este artículo, más que datos prácticos, que también intentaré aportar, trata sobre sensaciones, situaciones que viví en el día a día y que creo que os acercarán mucho más a la realidad del país.

 

                                   

                     Entrada a la Catedral de Medhane Alem                                                     Interior del templo

  

Tras un vuelo de 4 horas desde Dubai, aterrizaría en el Aeropuerto Internacional de Addis Abeba, donde, tras una hora de espera, tramitaría mi visado etíope, válido por un mes, tras pagar la tasa de 20$. En internet había leído que para la expedición del visado podía ser necesaria la muestra de una reserva de hotel, seguro médico o certificados de vacunación, pero el oficial de inmigración no me pediría nada de esto, limitándose a preguntarme el porqué de mi visita al país, a lo que un ''hollydays en Etiopia'' daría por terminada la conversación.

No son muchos los extranjeros que visitan Etiopia. A excepción de diplomáticos y funcionarios de gobiernos extranjeros (Addis es sede de la Unión Africana) y de grupos de empresarios chinos que viajan al país en busca de negocios, es raro ver turistas...más allá de grupos aislados de viajes organizados que visitan la zona norte del país (y que rara vez recorren Addis) o voluntarios de ONG que aprovechan su estancia para conocer durante un par de días la capital. 

Por ello el viajero independiente o ''mochilero'', y más siendo blanco, levanta muchas suspicacias, pues para la población local es difícil entender que un extranjero viaje al país sin negocios de por medio y más con un bajo presupuesto...En Etiopia, al igual que en muchos países africanos, ser blanco es sinónimo de dinero...algo que me daría cuenta a los 10 minutos de salir del aeropuerto.

Dada la escasa distancia a la ciudad (menos de 1Km) decidí caminar por la única carretera que conectaba el aeropuerto con el centro...grave error, y es que los malhechores locales, a sabiendas de que ese punto era frecuentado por los pocos extranjeros que llegaban a la ciudad, aguardaban allí para darme su particular bienvenida. 

A los 5 minutos de camino, varios niños se acercaron enseñándome unas revistas, como tratando de venderme algo...pero lo que realmente hacían era obstaculizarme el paso para que, esta vez adultos, se aproximaran por detrás. De pronto noté una mano en mi bolsillo y al darme la vuelta y ver en lo que se había convertido la escena empecé a correr para resguardarme en un centro comercial. Allí varios locales, al ver la escena, me alertaron de que cómo se me ocurría llevar una mochila y bultos en los bolsillos...en Addis, y siendo ''blanco'' había que salir sin nada encima...no daba crédito a lo que escuchaba.

Dado que la situación no mejoraba y que mis acompañantes aguardaban en la entrada del centro comercial (cada vez eran más, pues hasta parecían haber pedido refuerzos....tuve que salir corriendo y parar un taxi en mitad de la carretera, al que me subiría estando prácticamente en marcha, pidiéndole que saliera de allí cuanto antes. 

En menos de 10 minutos llegaría al Martin's cozy place, un hostal en el que me alojaría por unos 10$ la noche con desayuno incluído. Mi aventura en África no había hecho más que comenzar.

 

                                   

                    Exteriores de una iglesia ortodoxa etíope                            Carteles en amárico, lengua oficial de Etiopía

 

Tras el susto inicial, y esta vez sin nada en los bolsillos, salí a dar una vuelta por los alrededores. No muy lejos de allí, encontraría un restaurante en el que servían comida local a buen precio, decidí sentarme a tomar algo y allí conocería a Behailu, un chico de unos 20 años que a pesar de su juventud actuaba como gerente del restaurante, dando órdenes al resto de personal, de mayor edad, dada su experiencia en negocios similares.

Dado que era el único cliente del restaurante, y además extranjero, Behailu se sentaría conmigo a comer y pronto haríamos ''buenas migas''. En este tipo de situaciones no suelo contar mis planes de viaje, y mucho menos decir que viajo solo, pero este chico me transmitió tener buen corazón. Se ofreció a ser mi guía en la ciudad al día siguiente de forma gratuita, pues según él no tenía nada mejor que hacer, y dada mi experiencia al salir del aeropuerto, me pareció acertado visitar la ciudad con un ''local'' que hablaba el idioma y al menos sabía a dónde ir.

Al día siguiente, Behailu acudió puntual a la cita y juntos tomamos un autobús a la Catedral de Medhane Alem, pagando tan sólo unos bihr, la moneda local...al ir con un etíope ya no intentaban cobrarme en dólares precios desorbitados, algo que durante el resto de mi estancia agradecí enormemente.

El templo en sí me pareció una verdadera obra de arte. Al ser día de celebración, la entrada estaba engalanada con banderas etíopes, y la gente vestía sus mejores galas. Al ser un templo ortodoxo, las mujeres llevaban una túnica que les cubría la cabeza y los hombros, y todo el mundo vestía de blanco impoluto. También observaría tradiciones muy curiosas, como que hombres y mujeres se sentaban separados, al igual que ocurría en las iglesias católicas años atrás, que la gente se descalzaba al entrar al templo, o que finalizada la misa los fieles se arremolinaran en torno al sacerdote para tratar de besarle las rodillas, los pies...a lo que él respondía bendiciendo con la señal de la cruz.

Pero sin duda lo que más me impresionó fue la decoración...frescos repletos de colorido, iconos representando escenas de la biblia, reliquias de un valor incalculable...un lugar con una atmósfera muy especial.

 

                                   

                            Catedral de la Santísima Trinidad                                                       Trono de Haile Selassie

 

Desde la Catedral, tomaríamos un autobús para continuar nuestro recorrido por la ciudad. El sistema de transporte público era bastante curioso...a excepción de los taxis, de color azul claro y bastante más caros, se basaba en furgonetas, a las que habían arrancado los asientos y puesto tablones de madera para aumentar su capacidad. Al no tener horario fijo, salían cuando se llenaban, pero si su capacidad era de 12 personas, rara vez salían con menos de 20. Aunque la ruta estaba más o menos establecida, tampoco había paradas, por lo que si querías bajar tenías que avisar al conductor, para que se detuviera al tiempo que le pagabas siempre el mismo precio, independientemente de la distancia del trayecto.

En el centro de Addis hay varios museos que pueden interesar desde el punto de vista turístico, como el etnográfico, en el que se explica el origen y las culturas de las distintas etnias del país, o el arqueológico, de gran prestigio en la ciudad dada la antigüedad de muchos de sus restos, y hasta un zoológico, que a pesar de su pequeño tamaño es bastante apreciado por los locales gracias a sus leones.

Pero para ser sincero, estos museos no me interesaban demasiado...lo que más me gustaba era estar en la calle y disfrutar de un entorno totalmente diferente a cualquiera de los que había visitado antes. Por eso le dije a Behailu que nos dirigiéramos al Merkato...un enorme barrio considerado como el mercado más grande de África...y dado que la idea no le hizo especialmente gracia, pues afirmaba no ser un lugar seguro para un ''blanco'' decidimos pagar 5$ e ir en taxi para sin bajarnos, hacer un recorrido por la zona.

El lugar era realmente impresionante...a pesar de la ligera lluvia, nunca me había dado la sensación de ver a tanta gente junta en lo que parecía un caos ordenado...cientos de bajos de viviendas, casetas metálicas y chavolas hacían las veces de tiendas en las que se vendían e intercambiaban todo tipo de productos...frutas, garrafas vacías, iconos religiosos...al tiempo que manadas de perros o burros andaban por la zona con total libertad.

Desde el Merkato tomaríamos de nuevo un autobús hasta el que me pareció el lugar más interesante de Addis, la Catedral de la Santísima Trinidad, en la que se encuentran enterrados multitud de miembros de la familia real etíope, como el propio Haile Selassie I, último emperador del país, además de muchas reliquias y objetos de valor incalculable. 

Al ser el único extranjero, uno de los sacerdotes me ofreció tocar un instrumento con el que hacían la llamada a la oración, y tras dar una propina, uno de los hombres que trabajaba en la iglesia nos hizo un pequeño recorrido turístico enseñándonos los lugares más interesantes tanto de la iglesia como de sus alrededores.

 

                                   

                      Burros descendiendo del Monte Entoto                                                  Iglesia de Santa María 

 

Después de haber visitado los lugares más emblemáticos de Addis, me dirigí a uno de los símbolos de sus alrededores, el Monte Entoto, cuya cima asciende a los 3200 metros, permitiendo ver, en los días soleados, una de las mejores panorámicas de la ciudad. Además, en esta montaña se encuentran lugares de interés como la iglesia de Bete Maryam, cuyo museo posee desde vestimentas y armas de los emperadores, hasta medallas de oro olímpicas donadas por los atletas etíopes.

Pero lo que más me impresionó, además del ambiente de recogimiento, fue el camino hacia la montaña...por un lado...fieles de todas las edades, incluídos ancianos, subían caminando en mitad de la lluvia en dirección a la iglesia una travesía de más de 10 Km, con la consiguiente inclinación, al tiempo que grupos de mujeres cargaban en sus espaldas decenas de kilos de madera extraídos en la cima de la montaña, y que llevaban, o bien a pulso, o con la ayuda de burros a los que atizaban con palos para aligerar la marcha. Eran escenas duras, que unidas a la pobreza de los poblados que atravesábamos (más palpable que en Addis) me hacían reflexionar sobre infinidad de cosas...

A los tres días de mi llegada, abandonaría Addis Abeba con la sensación de que era una visita que no iba a olvidar. 

En cuanto a Behailu, le invité a venir al Monte Entoto y aceptó, nos intercambiamos los email y parecía que habíamos forjado una amistad verdadera...pero al volver de mi viaje, encontré que tanto él como varios de sus amigos, a los que él había dado mi correo, me habían enviado sus currículum pidiéndome trabajo y solicitando ayuda para visitar a familiares que tenían en el extranjero....es lo malo de África...aunque no dudo de su buen corazón, y siempre estaré agradecido a los lugares que me enseñó, siempre tendré la duda de hasta que punto su amabilidad era verdadera o escondía algún tipo de interés.

Sea como fuere, daría por finalizada mi etapa en la capital para dirigirme a un destino igual o más emocionante...el norte del país: ¡próximo destino, Lalibela!

 
 

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