Recorrido por Holanda: Amsterdam, Rotterdam y La Haya

Tras 4 horas de viaje desde Bruselas, y después de hacer una pequeña escala en Amberes, llegaría a la Estación de Amstel, ubicada al sur de Amsterdam. Dado que la estación se encontraba algo alejada del centro, decidí coger un tranvía hasta la zona del Rijksmuseum, donde tenía referencias de un albergue bastante económico en el que pasar la noche. El lugar resultó ser muy agradable, y en él acabaría haciendo amistad con sus empleados de origen indio, quienes me llamaban ''amigo'', además de con una pareja de españoles que había emigrado a Amsterdam en busca de trabajo.

Holanda era un país que desde hacía tiempo había querido conocer. Siempre había imaginado sus enormes prados salpicados de vacas, además de los típicos molinos o bicicletas, pero tal y como imaginaba, Holanda era mucho más que paisaje. Desde el primer momento recuerdo la amabilidad de la gente, las frecuentes sonrisas, y la tranquilidad con la que aparentaban afrontar el día a día, además del buen hacer con el que la población trataba de ayudar, en mi caso, al viajero en apuros.

 

               

                                              Primeros paisajes holandeses               En Museumplein, junto al Rijksmuseum

 

A pocos metros del albergue, en el parque de Museumplein, se celebraba el día del vegetariano, y varios jóvenes ataviados con camisetas verdes cocinaban platos que regalaban a todo el que pasara por allí. También era habitual encontrar tiendas de queso que ofrecían degustaciones de sus quesos, chocolates o cervezas Heineken, y en las que sus empleados, vestidos con trajes tradicionales holandeses, se despedían con un ''have a nice day'' en un perfecto inglés.

Tras Museumplein caminé hasta el centro de la ciudad, donde contemplé los famosos canales, que junto con las flores, casas flotantes, y aparcamientos repletos de bicicletas, creaban una atmósfera especial. A pocos minutos de allí, se encontraba el famoso barrio rojo, consistente en la calle ubicada entre la iglesia de Oude Kerk y la plaza Niewmarkt, repleto de turistas, incluídas familias, que paseaban tranquilamente admirando con curiosidad los escaparates en los que horas más tarde algunas señoritas ofrecerían sus servicios.

Uno de los lugares a los que acudía con frecuencia era a la Plaza Dam, posiblemente el centro neurálgico de la ciudad, en la que se encuentra el Monumento Nacional, consistente en un obelisco rodeado de escaleras en las que, junto a muchos otros visitantes, me sentaba descansar. Esta plaza estaba repleta de vida, pues está rodeada de hoteles y museos, además del Palacio Real.

También pasé junto a la famosa casa de Ana Frank, pero me negué a entrar. Es cierto que en viajes anteriores había visitado lugares como el Campo de Concentración de Auschwitz, o los antiuos guettos de ciudades como Varsovia o Budapest, tristemente conocidos por lo acontecido en ellos durante la 2º Guerra Mundial, pues considero que tener presente lo peor de nuestra historia, y aprender de ella, es fundamental para que no vuelvan a ocurrir determinados hechos en el futuro. Pero lo que ví junto a la casa de Ana Frank me pareció de lo más frívolo. Largas colas de turistas aguardaban para comprar sus ticket junto a un torno metálico, mientras algunos de ellos se fotografiaban sonrientes junto a la casa, a la vez que muchos otros salían de la ''Tienda oficial'' en la que compraban libros, DVD's con títulos como ''La corta vida de Ana Frank'', sellos o tarjetas postales con la imagen de la niña, algo desafortunado, en lo que no quise participar.

  

              

                                                  Barrio rojo de Amsterdam                Plaza Dam, centro neurálgico de la ciudad

 

En cuanto al tema de los ''Coffee Shops'' y la venta de determinadas sustancias, me pareció algo totalmente destinado al turismo. Es cierto que en la práctica totalidad de tiendas de souvenirs, los caramelos, pasteles, magdalenas o chupa chups de cannabis comparten estantería con las camisetas de I Love Amsterdam o los imánes para el frigorífico, pero en ninguna ocasión vi a un holandés fumar marihuana. De hecho, la mayoría de fumadores eran turistas españoles, franceses o británicos que lo hacían en parques, y nunca tuve la sensación de que fuera bien visto por la población local.

Uno de los lugares que más me gustó de Amsterdam, fue su mercado de flores, por la gran cantidad de colores que en poco metros se pueden llegar a apreciar, así como la iglesia de Westerkerk, de estilo renacentista y con una torre de 85 metros de altura, a la que podéis subir para contemplar una de las mejores vistas de la ciudad.

 

                

                                   Las bicicletas, muy presentes en la ciudad                       Mercado de las flores

 

Holanda me gustaba, y por ello no quería marcharme sin conocer algo más del país. Fue por ello por lo que decidí ir a Rotterdam, ciudad repleta de edificios de arquitectura moderna, dada la total remodelación que sufrió a consecuencia de los bombardeos sufridos durante la 2ºGM, que prácticamente acabaron con el centro histórico de la ciudad.

En Rotterdam visitaría su famoso puerto, el 2º más grande del mundo,y tomaría un barco hacia la pequeña localidad de Kinderdijk, conocida por sus famosos molinos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Tras Rotterdam, volvería al norte, deteniéndome en ciudades como La Haya, donde visitaría la famosa Corte Internacional de Justicia o el Parlamento holandés, o el pueblo de Delft, antes de regresar a Amsterdam para proseguir mi camino hacia el próximo destino.

 

              

                                              En barco, rumbo a Kinderdijk                         Corte Internacional de Justicia

 

Holanda es un país especial, que sin duda hay que visitar. Durante la semana que duró mi estancia en el país de los tulipanes pude vivir el ambiente de una ciudad cosmopolita como Amsterdam, pero a su vez, disfrutar de la naturaleza, de la tranquilidad del campo..y de una sociedad que siempre estará dispuesta a ayudarte, y a recibirte con los brazos abiertos.

Pero había que emprender el camino, y a pesar de la belleza de Holanda, sabía que mi próximo destino no me iba a decepcionar.

Tras despedirme de los empleados de origen indio del albergue, así como de la pareja española, que aun seguía allí en busca de trabajo, volvería a la Estación de Amstel, esta vez caminando, para tomar un autobús nocturno hacia mi próximo destino...

Próxima parada...Berlín!

 

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