Llegada a Bruselas y excursión a Luxemburgo

Tras abandonar la ciudad de París, y viajar durante algo más de una hora a través del norte de Francia, las indicaciones hacia Lille o Valenciennes comenzaban a dar paso a las de Lieja o Bruselas. A media mañana cruzaríamos la frontera belga, y unos 40 minutos después llegaríamos a la ciudad de Bruselas.

En principio mis espectativas sobre la capital belga no eran demasiado altas, pues había escuchado a varios viajeros referirse a esta como una ciudad de paso entre París y Amsterdam, sin el encanto de estas últimas...un lugar lleno de edificios gubernamentales y oficinas, sin demasiados atractivos que ofrecer al viajero mas allá de la Grand Place, pero lo cierto es que Bruselas terminaría resultándome un lugar muy agradable.

La estación a la que llegó el autobús desde París, Brussel noord, se encontraba a escasa distancia del centro, por lo que opté por caminar hacía la calle Emile Jacqmainlaan, en la que tenía referencias de un albergue a buen precio situado a escasos metros de las principales atracciones de la ciudad.

 

             

                                                Estación de Brussel - Nord                                    Centro de Bruselas

 

Desde el albergue, caminaría unos 5 minutos hasta llegar al centro de Bruselas. La primera impresión que tuve fue la de una ciudad muy cosmopolita, pero a la vez muy manejable, pues acostumbrado a las distancias de París, agradecía el poder ir caminando a practicamente cualquier punto de la ciudad.

Las calles del centro estaban repletas de cafeterías, restaurantes, chocolaterías, y puestos de gofres y patatas fritas en los que se formaban numerosas colas, así como pequeñas tiendas de souvenirs en la que comprar todo tipo de productos ''belgas''.

Fue caminando a lo largo de estas calles como llegué a la Grand Place, sin duda la plaza de mayor belleza que hasta día de hoy he visitado. Recuerdo el momento de pararme en mitad del lugar y contemplar cada detalle de sus edificios con la emoción con la que un niño abre sus regalos de Navidad. El ambiente era muy agradable, pues las lluvias ocasionales habían dado paso a un sol propio del sur de Europa, lo cual propiciaba que las calles, cafeterías o restaurantes...estuvieran repletos de gente.

A pocos metros de la Grand Place, descubriría al famoso Manneken Pis, con el que me hice la fotografía de rigor gracias a la colaboración de unos turistas chinos que fotografiaban cada detalle de este simpatico símbolo de la ciudad. En general me pareció que los habitantes de Bruselas eran muy amables. Recuerdo como en varias ocasiones, al consultar un mapa, la gente se detenía a preguntarme si necesitaba ayuda, o si sabía en qué dirección debía ir. Son este tipo de detalles los que definen la educación de una sociedad, aquellos en los que se pretende ayudar sin esperar recibir nada a cambio.

 

               

                                                Grand Place de Bruselas                                     Junto al Manneken Pis

 

Además del primer día, dedicaría otros dos más a conocer Bruselas. El único lugar al que me desplazaría en metro, sería al famoso Atomium, situado a las afueras de la ciudad, y muy próximo a la parada de metro de Heysel. El Palacio Real, que en aquel momento estaba en obras, el Palacio de Justicia, o el del Cincuentenario con su famoso arco, además de la Catedral, son algunos de los lugares que visité durante aquellos días.

También dediqué un par de horas a visitar la zona en la que se encuentra el Parlamento Europeo, así como las sedes de numerosas instituciones, en la que abundaban los trajes, las corbatas y los coches oficiales.

Algo que me agradó de Bruselas fue el hecho de que tuviera numerosos parques a lo largo de la ciudad, pues siempre es agradable respirar aire fresco, y poder sentarse tranquilamente a descansar tras varias horas de recorrido.

 

               

                                                              Atomium                                          Frente al Parlamento Europeo

 

La primera noche en Bruselas haría amistad con un grupo de argentinos, con los que compartí cenas y conversaciones sobre futuros viajes. Siempre es agradable encontrar a viajeros hispanohablantes, pues a pesar de la distancia, consiguen hacerte sentir de cierta forma como en casa. Además, el ambiente de los albergues suele ser el ideal para conocer gente peculiar, de casi cualquier parte del mundo, que en su mayoría tiene las mismas intenciones que tú: viajar y pasarlo bien.

Bruselas era una ciudad que me agradaba, pero transcurridos 3 días desde mi llegada, tenía la sensación de haberlo visitado todo. Fue así como antes de emprender mi camino hacia Holanda, decidí ir primero hacia el sur, y visitar el pequeño país de Luxemburgo. De esta forma, tomaría un autobús que, haciendo escala en Lieja, me llevaría hasta la capital del país con mayor renta per cápita del mundo.

 

                 

                                                    Estación de Luxemburgo                              Centro histórico de la ciudad

 

Eran pocas las referencias que tenía de Luxemburgo, pues únicamente conocía que su centro histórico era Patrimonio de la Unesco, algo que me animó enormemente a ir, además de algunos comentarios de Mario, un amigo que había pasado allí gran parte de su infancia, y que siempre recordaba este país con cariño.

Lo cierto es que entré en el país con el pie derecho, pues al llegar a la Estación Central y cojer un autobús para dirigirme al único albergue del que tenía constancia, el conductor me dijo, con una sonrisa, que no era necesario que pagara, pues me encontraba de vacaciones..algo que debió deducir por mi aspecto alegre y por la mochila que cargaba a mis espaldas.

Pronto entendí el motivo por el cual el centro de Luxemburgo es Patrimonio de la Humanidad, pues su belleza, elegancia y tranquilidad, invitan a pasear por él durante horas. En todo momento se percibe el elevado nivel de vida del país, pues los coches Mercedes o BMW abundaban casi por igual que las bicicletas. Al igual que Bruselas, Luxemburgo es sede de numerosas instituciones europeas, como el Tribunal Europeo de Justicia, o el Tribunal de Cuentas.

Durante el día que duró mi estancia en la ciudad, visitaría algunos lugares del centro, a muy corta distancia unos de otros, como la Catedral de Notre Dame o el Palacio de los Grandes Duques, así como las dos plazas principales de la ciudad, la Place d'Armes y la Place Guillaume II.

 

               

                                              A las afueras de Luxemburgo                            Frente a la Estación Central

 

Tras hacer una pequeña visita a este lugar con tanto encanto, volvería a la Estación Central para emprender el camino hacia mi próximo destino..Nunca he sido admirador de las visitas ''expres'', pues prefiero disfrutar con tranquilidad del lugar en cuestión, pero dado el tamaño de Luxemburgo, un día bien aprovechado puede ser suficiente para, al menos, obtener una impresión de la ciudad, y en mi caso, sin duda fue positiva. Tras volver a Bruselas, con la pertinente parada en Lieja, y hacer escala de nuevo en la ciudad de Amberes, proseguiría hacia el 4º país del viaje, en el que pretendía pasar al menos una semana...

Próximo destino...Holanda!

 

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