Lago Peipsi y Tallín, un recorrido por Estonia

Tras abandonar la ciudad de Riga, el viaje continuaría a través de un paisaje boscoso similar al que días atrás había recorrido en Lituania y sur de Letonia. El autobús se dirigía hacia Tallín, ciudad en la que tenía pensado pasar mis últimos días de viaje por el Báltico, antes de emprender el camino hacia Finlandia y así culminar la ruta que semanas atrás había comenzado en París.

A pesar de ello, dado que todavía disponía de varios días de margen para tomar el barco hacia Helsinki, contacté con Egert, un amigo que meses atrás había conocido en Turquía, quien a sabiendas de mi travesía por su Estonia natal, me había invitado a compartir junto a sus amigos un viaje en coche alrededor del país. El viaje prometía ser único, pues además de reencontrarme con un amigo, tendría la oportunidad de conocer Estonia ''desde dentro'', ya que viajar con locales es siempre la mejor forma de aproximarse a la realidad de cualquier lugar. De esta forma planearíamos visitar Parnu, y desde allí, la costa del Báltico hacia Haapsalu, para posteriormente cruzar el interior del país hasta el Lago Peipsi, ya fronterizo con Rusia, y ubicado en la Estonia más oriental.

 

             

                                                         Frontera de Estonia                      Costa del Báltico próxima a Haapsalu

 

Tras descender del autobús en la ciudad de Parnu, contactaría con mis nuevos compañeros de viaje, con los que prepararía todo lo necesario para las acampadas que realizaríamos durante los próximos días. Desde el primer momento, Estonia me pareció el más ''europeo'' de los tres estados bálticos, y no sólo por utilizar el Euro como moneda oficial..los precios, el nivel de vida o el estado de las infraestructuras se asemejaban más a un país nórdico que a los del este de Europa.

Parnu, con cerca de 40.000 habitantes, se convertía durante el verano en uno de los destinos turísticos por excelencia de Estonia. El número de bares, cafeterías o pequeños restaurantes, unido a la elevada población joven, hacían que pareciera una ciudad muy animada, y recomendable para disfrutar de unos días de playa. Desde Parnu nos dirigimos hacia el norte, en dirección a la ciudad de Haapsalu, en cuyas proximidades acamparíamos para disfrutar durante la noche de un entorno natural único. Playas de arena blanca, el mar color plateado..y un sol que en aquellos días de julio parecía no acababa de ponerse..

A la mañana siguiente, conduciríamos a través del interior de Estonia hasta llegar al Lago Peipsi, el quinto más grande de Europa, tras los Ladoga y Onega, en el norte de Rusia, el Värnern, en Suecia, y el Saimaa, en Finlandia. Se trataba de un lugar muy peculiar, pues además de su situación fronteriza entre Rusia y Estonia, su ubicación estratégica había hecho que fuera lugar de numerosas batallas. A día de hoy, todavía siguen encontrándose armas, munición o granadas de soldados soviéticos participantes en la 2º Guerra Mundial, y son muchas las leyendas que se narran sobre presuntos fantasmas de soldados teutones participantes en la Batalla del Lago Peipus en 1242, que enfrentaría a los caballeros de esta orden germánica con las tropas del célebre Alexandr Nevski. Además, me emocionaba la idea de estar a tan sólo unos kilómetros de la frontera rusa, país que desde mi infancia había querido visitar y que en esos momentos podía divisar al otro lado de la costa..¡lástima de no disponer de una barca para cruzar!.

 

            

                                              Bosque del interior de Estonia                En el lago Peipsi, al otro lado, Rusia


Tras disfruntar de nuestra estancia en la costa del Peipsi, continuaríamos el viaje hacia Tallín, la capital del país. En ese momento tendría que despedirme de mis nuevos amigos y continuar el viaje en solitario por la que sería la última etapa de mi viaje por Europa. Lo primero que haría en Tallín sería buscar un albergue económico, y lo cierto es que tendría bastante suerte, pues a pocos metros de la Plaza del Ayuntamiento, encontré uno que, por 8€ la noche, me brindaría cama y desayuno.

La primera impresión de Tallín fue más que positiva, pues parecía un reflejo de la sensación que Estonia me había transmitido durante los últimos días..una ciudad limpia, ordenada, bien cuidada, con un centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad, y en la que se vivía un ambiente festivo, con mercadillos medievales y jóvenes vistiendo trajes tradicionales mientras invitaban a degustar algunos platos locales.

El centro neurálgico de la ciudad era la Plaza del Ayuntamiento, en la que se concentraban numerosas terrazas, tiendas de artesanía y souvenirs, así como restaurantes y cafeterías. Desde allí, recorrería parte de la ciudad medieval hasta llegar a la Iglesia de San Olaf, el que dicen fue el edificio más alto de Europa, y desde el que pueden verse algunas de las mejores vistas de la ciudad. A pocos metros de allí, en dirección al puerto, se encuentra otro de los puntos más característicos de Tallín, la Torre de Margarita la Gorda, una de las entradas a la ciudad medieval que a lo largo del tiempo ha servido cómo almacén de armas, prisión, bastión de pescadores o museo, función que desempeña en la actualidad.

El ambiente de la ciudad era bastante animado...Durante mi estancia en la ciudad percibí bastante turismo, pero a diferencia de Riga, en lugar de británicos o alemanes, destacaban los grupos de nórdicos, especialmente finlandeses, que cruzaban en barco los cerca de 80 km que separan Helsinki de Tallín para disfrutar de unos días de descanso a precios mucho menores que en su país de origen.

 

            

                                           Plaza del Ayuntamiento de Tallín         Centro histórico, Patrimonio de la UNESCO

 

Al oeste de Tallín se encuentra uno de mis lugares favoritos de la ciudad, la Catedral de Alexander Nevsky.

Perteneciente a la Iglesia ortodoxa rusa, esta catedral fue construída entre 1894 y 1900, y a día de hoy es uno de los lugares más bellos de la capital estonia. Recuerdo que, al llegar a las 6 de la tarde, la iglesia estaba cerrando, por lo que no permitían la entrada a más visitantes. Sin embargo, al ver al sacerdote cerrar las puertas, me acercaría a él y le preguntaría por la posibilidad de entrar a contemplar el interior de la catedral durante algunos minutos, imaginando el no por respuesta. Sin embargo, la respuesta fue afirmativa, y con la única condición de no hacer fotografías, me permitiría visitar a solas las estancias de una catedral sin duda especial.

Tras ello, visitaría el Parlamento de Estonia, un pintoresco edificio barroco de colores rosados, ubicado justo enfrente de la catedral. A pocos metros de allí, callejeando en dirección al ayuntamiento, encontraría casi por casualidad otro lugar especial, un mirador desde el que podía apreciarse la práctica totalidad del centro histórico, así como la zona del puerto y algunos edificios de la parte nueva de la ciudad.

 

            

                                                 Catedral Alexander Nevsky                  Tallín, desde el mirador de la ciudad


Tallín era una ciudad para recorrerla, visitar cada palmo de su centro histórico y disfrutar de sus calles, parques, mercadillos, de los puestos de artistas callejeros, de las iglesias..y en definitiva, de las sorpresas que uno va encontrando por el camino, más allá de las recomendaciones de las guías turísticas.

Tras disfrutar de varios días de ''relax'' en Tallín, volvería a emprender el camino en dirección al puerto de la ciudad.

Ya se había cumplido más de un mes desde que comenzara en París un viaje que, día a día, se había mostrado apasionante, y parecía increíble que, tras haber recorrido más de 3000 km, fuera a emprender la última etapa de un camino que al comienzo parecía tan largo..

Próximo destino: Helsinki!

 

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