Helsinki: 1 día en la capital finlandesa

A primera hora de la mañana, me dirigiría al puerto de Tallín, desde donde más tarde, embarcaría en uno de los ferrys que conectan los poco más de 200km que unen la capital estonia de Helsinki, última parada de la ruta que semanas atrás había comenzado en París.

Era una mañana fría, más propia del otoño que de finales de julio, aunque apenas hacía viento y el mar estaba muy calmado. A las dos horas de viaje, llegaríamos al puerto de Helsinki, desde el que caminaría en dirección al centro de la ciudad. Con cerca de 600.000 habitantes, Helsinki es, además de la capital de Finlandia, el centro económico, político y cultural del país. Desde el primer momento me pareció una ciudad distinta a cualquier otra de las que había visitado anteriormente. No se parecía a Riga o Tallín, ni siquiera a Estocolmo, Oslo o Copenhague, con las que compartía un cierto carácter escandinavo..era una ciudad moderna, con edificios de diseño, algo fría, pero ordenada, limpia, tranquila..

 

             

                                          Vista del Báltico, rumbo a Helsinki                              Puerto de Helsinki

 

Tras caminar desde el puerto durante 20 minutos, llegaría al centro histórico de la ciudad, de estilo neoclásico, en el que la gente, aprovechando el buen tiempo de aquella mañana, paseaba, realizaba compras en las muchas tiendas y centros comerciales de la zona, o practicaba algún deporte, algo muy habitual en toda la ciudad. Recuerdo el sonido de los pintorescos tranvías, verdes y amarillos, que a pesar de la construcción del metro en 1982, seguían siendo el principal medio de transporte de la ciudad.

Pronto llegaría al centro neurálgico de Helsinki, la Plaza del Senado, en la que se encuentra el símbolo más representativo de la ciudad, la Catedral. Construída entre 1830 y 1852, esta iglesia luterana sería uno de los templos más bellos que visitaría durante todo el viaje. Su color blanco impoluto, unido a la sencillez y sobriedad de su interior, además de su ubicación, en lo alto de una colina, hacían que fuera un lugar especial. En un principio llamada Iglesia de San Nicolás, fue construída en honor al zar Nicolás I de Rusia, y no sería hasta la independencia de Finlandia en 1917 cuando cambiaría su nombre por el actual.

Bajo los escalones de la Catedral, se encuentra el monumento a Alejandro II de Rusia, construído por Walter Runeberg en 1894, además del edificio principal de la Universidad de Helsinki. Lo cierto es que el ambiente en toda la plaza es muy agradable, y resulta el lugar ideal para tomar un respiro durante nuestra visita a la ciudad.

 

           

                                                      Catedral de Helsinki                                   Universidad de Helsinki

 

Tras visitar la Plaza del Senado, caminaría en dirección a la Plaza del Mercado, repleta de pequeños puestos con productos artesanales, ropa, comida o souvenirs. Era una zona bastante turística, pues al estar ubicada en la costa, y en pleno centro de la ciudad, muchos cruceros hacían paradas en las proximidades para que sus clientes visitaran durante unas horas la ciudad antes de partir hacia el próximo destino. Esto repercutía en los precios, algo elevados, aunque sin llegar al nivel de los que en viajes anteriores había visto en Suecia o Noruega.

Desde la Plaza del Mercado, pude ver a lo lejos un templo del que no tenía constancia, y que ciertamente me impresionó..se trataba de la Catedral de Uspenski, en este caso, ortodoxa, construída en el año 1868 y dedicada a la Virgen María. Sus 13 cúpulas simbolizan a Jesús con los 12 apóstoles, y entre otros honores, tiene el de ser el templo ortodoxo más grande de la Europa occidental.

Tras ascender a la colina de Katajanokka, nombre que recibe el distrito que alberga el templo, visitaría el interior del mismo, donde daría las gracias por las casi 5 semanas que llevaba ''on the road''. Me parecía increíble estar allí, después de haber visitado 10 países, y recorrer más de 4000Km de viaje en solitario, una aventura que si bien parecía un reto, acabaría conviertiéndose en una experiencia única, y sobre todo, imposible de olvidar.

Desde la Catedral de Uspenski, volvería a descender a la Plaza del Mercado, y caminaría en dirección al norte de la ciudad. Tras abandonar el centro histórico, volvería a ver edificios de diseño, todos de nueva construcción, así como numerosos parques con instalaciones deportivas. Helsinki me pareció una ciudad tolerante, que aceptaba la diversidad..en la que cada cual, mientras respetara a los demás, era libre de hacer lo que quisiera. Recuerdo estar en la cola de un supermercado y ver a un grupo de hombres de mediana edad haciendo la compra vestidos de Spiderman, o grupos de jóvenes con el pelo azul y verde haciendo juegos malabares en los mismos parques en los que grupos de ancianos hacían yoga o paseaban a sus perros, sin que unos miraran extrañados a otros o viceversa, algo que me reconfortaba.

Tras unos minutos de recorrido, llegaría a las inmediaciones del Estadio Olímpico de Helsinki, sede de los Juegos de 1952, así como de los mundiales de atletismo de 1983 y 2005. Las puertas estaban abiertas, por lo que no pude evitar entrar y dar una ''vuelta de honor'' a un estadio con tanta historia.

                                           

             

                                            Catedral ortodoxa de Uspenski                         Estadio Olímpico de Helsinki

 

Desde el Estadio, volvería al centro de la ciudad, donde visitaría el peculiar edificio de la estación de trenes, así como el Parque de la Esplanada, repleto de bares, terrazas y cafeterías, así como grupos de música callejeros que amenizaban el ambiente.

Helsinki era una ciudad que me agradaba. Fácilmente recorrible a pie, con precios accesibles, oferta de ocio, bien comunicada, limpia, segura y lo suficientemente turística como para encontrar todo tipo de servicios sin necesidad de sufrir aglomeraciones, conservando así la ciudad su encanto original.

A partir de aquel momento, mientras descansaba en el Parque de la Esplanada, comencé a ser consciente de que el viaje estaba llegando a su fin, y que debía de empezar a preparar la vuelta a casa.

Mi primera opción había sido ir a Tampere, ciudad ubicada a 180km de Helsinki, y desde la cual había vuelos económicos a España, pero dado que me encontraba a escasamente una hora de vuelo de Suecia, país en el que conservaba grandes amistades, decidí volver en barco a Tallín, y desde allí adquirir un vuelo a precio de ganga a Oslo, desde donde llegaría a Suecia, para así disfrutar unos días más del verano escandinavo..

Próximo destino..Oslo!

 

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