Riga: 3 días en la capital de Letonia

El viaje desde Vilnius a Riga duraría aproximadamente 4 horas. Tras casi 2 horas de viaje a través de un paisaje boscoso, llegaríamos a la frontera de Letonia, en la que nos detendríamos durante varios minutos. Al parar el autobús, un oficial de aduanas letón, ataviado con un uniforme que recordaba a los tiempos de la Unión Soviética, entró a comprobar que los pasaportes de los pasajeros estaban en regla. Siempre me han causado cierta intriga estas ''comprobaciones'', ya que, a pesar de viajar con todo en regla, durante esos minutos tengo la sensación de estar a merced de los policías fronterizos de turno, que en ocasiones, tratan de argumentar cualquier pretexto para evitar tu entrada al país y así ganar una ''propina'' extra.

Afortunadamente ese no fue el caso de Letonia, y un par de horas más tarde, ya habíamos llegado a Riga, capital del país. A primera vista, me pareció una ciudad más grande e industrial que Vilnius, pues de hecho Riga, con sus cerca de 700.000 habitantes, es la ciudad más poblada de los tres estados bálticos. Dicen que si Lituania tiene influencias polacas, así como Estonia escandinavas, Letonia tiene una cierta influencia alemana, dada la conquista de lo que durante la Edad Media se conoció como Livonia, aunque en mi opinión, mas que alemana, Letonia me parecería la nación más ''rusa'' de las tres.

 

            

                                    Paso fronterizo entre Lituania y Letonia                   Puente sobre el río Daugava

 

Tras llegar a la estación de autobuses de Riga, realizaría la misma operación que días atrás en Vilnius, cambiar los lytas que me quedaban por lats, la moneda local. Si bien el cambio con el zloty polaco había sido favorable, en esta ocasión no lo sería tanto, pues por cada ''lat'' tendría que desembolsar casi 5 lytas. Más allá del cambio de moneda, Riga me pareció una ciudad cara, en comparación con Polonia y sobre todo Lituania. Los precios eran similares a los que practicamente hay en cualquier ciudad centroeuropea, pero sin embargo, no aprecié un nivel de vida superior al que días atrás ví en Vilnius o Varsovia.

Desde la Estación, caminaria en dirección al mercado central, junto al que, según tenía entendido, se encontraba uno de los albergues más económicos de la ciudad. El término próximo al mercado se cumplió literalmente, pues este albergue se encontraba en el interior del mismo, en un edificio que recordaba a un almacén de los tantos que había por aquella zona. Sin embargo, realmente resultó ser un lugar agradable, pues se encontraba a pocos minutos andando del centro histórico de la ciudad, y los puestos repletos de carnes, pescados, frutas o verduras hacían que el entorno tuviera un encanto especial.

Tras esto, caminaría en dirección al centro de la ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, entre otras cosas, por poseer una de las mejores colecciones de edificios de Art Nouveau de toda Europa. Sin embargo, el lugar que más me gustaría de la capital letona sería la Casa de los Blackheads, un peculiar edificio gótico situado en una de las principales plazas de la ciudad, que siglos atrás servía como lugar de reunión a un grupo de mercantes así denominados.

Me gustaba el centro de Riga, pues además de pintoresco, resultaba bastante cómodo, ya que prácticamente todas las atracciones se encontraban a una distancia próxima unas de otras. Sin embargo, me pareció una ciudad mucho más explotada por el turismo que las anteriormente visitadas en Europa del este, ya que al menos, en esa época del año, era más frecuente encontrarse con grupos de británicos, alemanes o finlandeses bebiendo cerveza en alguna de las muchas terrazas del centro, que de los propios letones, quienes seguramente se desplazaban a la costa durante esos días de verano.

 

             

                                                    Casa de los Blackheads                                Centro histórico de Riga

 

Tras la Casa de los Blackheads, caminaría a través de las calles del Centro Histórico hasta llegar al edificio de la Ópera Nacional, situado junto al Monumento a la Independencia de Rusia, en las proximidades del Parque Bastejkalns. A pesar del aspecto industrial que me transmitió Riga en un principio, pronto descubrí que se trataba de una ciudad muy verde, repleta de parques bien cuidados, y por lo general, limpia, con gran cantidad de edificios pintorescos, y bien preparada para el turismo. A diferencia de otras ciudades del este de Europa, Riga, al menos en su centro histórico, no da sensación de ser una ciudad post soviética, pues apenas distinguí amplias avenidas o bloques de pisos de estética comunista, sino calles estrechas, edificios clásicos, y restos de lo que en su día fue la Riga medieval.

Desde el Monumento a la Independencia, caminaría hasta la Catedral ortodoxa, en la que me detendría a tomar un descanso. Siempre me ha gustado visitar los templos ortodoxos, pues además de su belleza arquitectónica, la atmósfera que se vive en su interior suele ser única.

Además de las iglesias ortodoxas autocéfalas antiguas, actualmente existen cinco patriarcados, el ruso, georgiano, serbio, rumano y búlgaro, y en este caso la iglesia ortodoxa letona, depende del patriarcado de Moscú. Son muchas las peculiaridades que podemos apreciar en estos templos, comenzando por la ausencia de estatuas o tallas, reemplazadas por iconos, que habitualmente los fieles suelen besar durante sus oraciones. También llama la atención la duración de las misas, pues estas suelen rondar las 2 horas y media, y el hecho de que sean cantadas en arjaisusa, el idioma al que fueron traducidos originalmente los evangelios.

Tras ello, me dirigiría al norte de la ciudad para visitar los edificios de Art Nouveau, y posteriormente, volvería al Centro Histórico para visitar otro templo, en este caso la Catedral Católica, ubicada en la zona más turística de la ciudad, próxima a multitud de restaurantes, cafeterías y tiendas de souvenirs.

 

              

                                                 Catedral ortodoxa de Riga                               Edificios de Art Nouveau

 

El resto de mi estancia en la capital letona transcurriría de forma similar. Cada día me levantaba a primera hora, y aprovechando la proximidad al mercado, compraba algunos alimentos frescos que cocinaba en la cocina del albergue, en el que Sasha, único inquilino de origen ruso, veía una y otra vez los partidos de la Eurocopa de fútbol que días atrás se habían celebrado en Polonia y Ucrania. Tras ello, visitaba cada palmo del centro de la ciudad hasta que, al finalizar la tarde, volvía en dirección al mercado a lo largo del paseo paralelo al río Daugava.

LLegado el día de mi partida, caminaría los escasos metros que me separaban de la Estación Central, para emprender el camino hacia un nuevo destino..

Próxima parada: Estonia!

 

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