Parada en Varsovia y llegada a Vilnius, capital de Lituania

El viaje de Berlín a Varsovia duraría unas 9 horas, previa parada en la ciudad de Poznan. Esta era mi 2ª vez en Polonia, pues dos años antes, durante el verano de 2010, había visitado las ciudades de Wroclaw, Varsovia y Cracovia. Fue por ello que decidí no prolongar demasiado mi estancia en el país, y únicamente hacer noche en Varsovia para al día siguiente proseguir mi camino hacia los Países Bálticos.

El autobús de la compañía Simple Express, con la que viajaría la mayor parte del recorrido por Europa del este, llegaría a la Estación Central de Varsovia a las 11 de la noche. Esta compañía sería todo un descubrimiento, pues comprando los billetes con antelación, ofrecían trayectos internacionales a 3 y 5€. De esta forma, viajaría desde Berlín hasta Tallín, parando en Varsovia, Vilnius y Riga, por unos 12€.

El autobús con destino a Vilnius, saldría a la misma hora del día siguiente, por lo que dispondría de 24 horas para visitar la ciudad. Varsovia era una ciudad de la que tenía buen recuerdo y a la que me agradaba volver. Recuerdo el contraste de sus largas avenidas con imponentes edificios de estilo soviético, como el Palacio de la Cultura, con la elegancia de su centro histórico, totalmente remodelado tras haber sido destruído durante los bombardeos acontecidos en la 2ª Guerra Mundial.

 

             

                                          Plac Zamkowy o Plaza del Castillo                 Palacio de la Cultura y la Ciencia

 

Tras pasar la noche en un albergue próximo a la estación, dedicaría el día a recorrer los lugares con más encanto de la ciudad, como la Plaza del Castillo, con el Castillo Real y la Columna de Segismundo, el Centro Histórico declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con la Plaza del Mercado o la Catedral de San Juan, o Nowy Swiat, una de las principales calles de la ciudad, repleta de tiendas, museos o galerías de arte.

También dedicaría parte del día a visitar el imponente edificio del Palacio de la Cultura y Ciencia, más alto de Polonia y 8º de toda la Unión Europea, así como el barrio en el que años atrás se ubicó el Gueto de Varsovia, donde sus edificios sin restaurar, sinagogas y memoriales dedicados a los casi 300.000 judíos que allí perdieron la vida, nos harán reflexionar sobre una de las épocas más grises de nuestra historia.

Varsovia era tal y como la recordaba, una ciudad repleta de historia, con una periferia algo gris, pero con un centro histórico con enorme encanto. Nunca pensé que volvería a esta ciudad tan sólo 2 años después de mi última visita, y sin duda fue una parada en el camino que agradecería.

Tras despedirme de la ciudad y cenar en un Mcdonalds próximo al Palacio de la Cultura, tomaría puntualmente mi autobús hasta Vilnius, capital de Lituania, donde llegaría a la mañana siguiente.

 

            

                                     Amanece tras cruzar la frontera lituana                            Estación de Vilnius

 

Horas más tarde, amanecería ya en Lituania. El paisaje era algo más verde que en Polonia, y las temperaturas habían descendido a los casi 10º. Tras hacer una pequeña escala en Kaunas, el autobús llegaría puntual a la ciudad de Vilnius.

Lo primero que haría tras descender del autobús sería dirigirme hacia una oficina de cambio para transformar mis zlotyes en litas, la moneda local. Recuerdo numerosos autobuses que partían hacia Minsk, la capital de Bielorrusia, que se encontraba a apenas 190Km, y a la que sin duda habría ido de no ser por la necesidad de adquirir visado para entrar en el país.

A primera vista Vilnius me pareció una ciudad muy tranquila, pues durante aquellas horas de la mañana, apenas vi gente por sus calles. Tras salir de la estación, me dirigí hacia un albergue situado a escasos 200 metros, en el que pasaría las 3 noches que duraría mi estancia en la capital lituana. Pocos minutos después, emprendería mi camino hacia el centro de la ciudad.

      

            

                                        Calle del Centro Histórico de Vilnius                          Iglesia de San Casimiro

 

El centro histórico de Vilnius fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, y pronto entendí el porqué. Los bloques de pisos de la época comunista daban paso a edificios e iglesias de estilo barroco pintados en colores pastel, así como a numerosas calles peatonales repletas de puestos de artesanía, antigüedades o productos gastronómicos.

Pronto llegaría a la Plaza del Ayuntamiento, donde además de encontrarse el consistorio de la ciudad, de estilo clásico, se ubica la Iglesia de San Casimiro, una de las más bellas de la capital lituana. Desde la Plaza del Ayuntamiento, tomaría la calle Pilies, repleta de restaurantes, cafeterías y tiendas de souvenirs, hasta la Plaza de la Catedral, centro neurálgico de la ciudad, en la que se encuentra la Catedral de San Stanislaus y San Vladislav, además del Monumento a Gediminas, fundador de la ciudad. Desde allí, visitaría algunos puntos de interés cercanos, como el Teatro Nacional, el Palacio Presidencial, la Universidad, una de las más antiguas de toda Europa del Este, o la Iglesia de San Juan, construída en 1387.

Aquella tarde me encontraría con Agne, una chica lituana a la que conocí meses atrás en Turquía, con quien visitaría uno de mis lugares favoritos de la ciudad, la Colina de las Tres Cruces, construídas en honor a siete monjes franciscanos asesinados alli durante el siglo XIII. Lo mejor de este lugar, más allá del monumento en sí, son las vistas que desde allí puede apreciarse de toda la ciudad, además del entorno natural en el que se encuentra, a pesar de estar a pocos minutos caminando del centro de la ciudad.

Otra de las visitas que no puede faltar en nuestro viaje a Vilnius debe ser la de la Iglesia de Santa Ana, de estilo gótico tardío, que a día de hoy es uno de los símbolos de la ciudad, además de uno de los puntos de interés más visitados de la capital lituana.

 

             

                                                      Iglesia de Santa Ana                    Vilnius desde la Colina de las Tres Cruces

 

Vilnius me resultaba una ciudad muy agradable. Su tamaño la hace ser fácilmente recorrible a pie, y su belleza, limpieza, gente..hacían que fuera un lugar del que me costaría despedirme. Desde el punto de vista turístico, me pareció una perla en bruto, pues a pesar de no encontrarme con demasiados extranjeros, me pareció una ciudad bien preparada para el turismo, con precios muy razonables, en la que es posible encontrar alojamientos muy recomendables   con comodidades similares a las que podemos encontrar en otros destinos más conocidos del Este de Europa. Siempre había oído que Tallín era la ''perla'' del Báltico, pero tras conocer Vilnius, estaba seguro de que la capital lituana no se quedaba atrás.

Tras despedirme de Agne y volver caminando a la misma estación donde llegué días atrás, tomaría un autobús con destino a un nuevo país, a una nueva capital..

Próximo destino: Riga!

 

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