San Petersburgo: mi aventura en la ciudad de los Zares

El vuelo desde Alicante a San Petersburgo duraría unas 4 horas y media. Desde siempre, Rusia había sido uno de mis grandes objetivos viajeros...el imaginarme en la Plaza Roja contemplano el Kremlin, la Catedral de San Basilio...o recorriendo los canales de San Petersburgo hasta llegar al Hermitage y a sus múltiples catedrales era algo que me emocionaba...y que por fin, iba a hacer realidad.

Llegaría al Aeropuerto de Púlkovo en torno a las 3 de la mañana. Tras pasar el control fronterizo y obtener mi preciado sello de entrada, haría tiempo durante un par de horas hasta que, a eso de las 6, saldría el primer autobús en dirección al centro de la ciudad. Este autobús, el número 39 y cuyo billete costaba 25 rublos (unos 0,50€) me dejaría junto a la estación de metro de Moskovskaya, desde la que viajaría a Chernyshevskaya, en la línea roja, una zona tranquila, situada a tan sólo 10 minutos caminando del centro, en la que encontraría un albergue con camas en habitaciones compartidas por menos de 7€ la noche.

 

                                             

                                      Salvador sobre la sangre derramada         Columna de Alejandro, Plaza del Palacio

 

Conocida como Leningrado en la época soviética, San Petersburgo es, con algo más de 5 millones de habitantes, la segunda ciudad más importante de Rusia, sólo por detrás de Moscú. Sería fundada por el zar Pedro el Grande a comienzos del siglo XVIII, convirtiéndose durante más de dos siglos en la capital del Imperio Ruso, así como en el centro de la revolución que en los años 20 conllevaría el nacimiento de la Unión Soviética.

Gracias a sus más de 200 museos, palacios, edificios de estilo neoclásico y barroco, y un centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad, San Petersburgo es considerada como una de las ciudades más bellas y elegantes del mundo...hecho que, a lo largo de mis 3 días de visita, tendría la oportunidad de comprobar.

Tras la ducha y el descanso de rigor, comenzaría con mi recorrido por la ciudad. Lo primero que me llamó la atención de San Petersburgo fue su grandiosidad...sabía que se trataba de una ciudad de tamaño ''considerable'', pero sus avenidas kilométricas me recordaban a las de capitales como París o Berlín.

Pronto llegaría a uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada, un templo mandado construír por el zar Alejandro III a finales del siglo XIX, en el lugar en que, años antes, habían asesinado a su padre, Alejandro II. Tanto por su ubicación, junto al canal Groboyédova, como por su arquitectura, colores, ambiente y pequeños detalles...se convertiría en mi lugar favorito de la ciudad.

 

                                           

                                                    Museo del Hermitage                        Fortaleza de San Pedro y San Pablo

 

Desde allí caminaría apenas 5 minutos hasta llegar a la avenida Nevski Prospect, de más de 4 kilómetros de longitud, la principal arteria de San Petersburgo. Se trata de una calle apasionante...todo tipo de tiendas, restaurantes, librerías...y un sinfín de transeúntes entre los que, además de ejecutivos, artistas o chicas que parecían estar en un desfile de modelos, se encontraban grupos de militares que preparaban el desfile del 9 de mayo, a celebrar en sólo unos días. Fue caminando por Nevski Prospect cuando realmente tuve consciencia de estar en Rusia.

Al final de la avenida, en su extremo norte, llegaría al centro neurálgico de la ciudad, la Plaza del Palacio, uno de los lugares con más historia de Europa, en el que, además de la Columna de Alejandro, erigida en honor al zar Alejandro I tras la victoria rusa contra Napoleón, nos encontramos con el Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares durante casi 200 años y actual sede del Museo del Hermitage, uno de los más importantes del mundo, y cuya entrada podéis comprar online en su página web

 

                                           

                                                Catedral de San Isaac                        Estatua de Lenin, Estación Finlyandsky

 

Cruzando el Río Neva, y tras un paseo de 20 minutos, llegaría a Fortaleza de San Pedro y San Pablo, otra de las principales atracciones de la ciudad. Se trata de una ciudadela fortificada cuya construcción data del año 1703, en la que, además de sus diferentes museos, destaca la catedral con el mismo nombre en la que se encuentran enterrados los zares desde Pedro el Grande a Nicolás II.

Además de por su interés histórico, resulta una visita bastante agradable, pues el recinto cuenta con varios parques, zonas verdes, museos al aire libre o terrazas en las que tomar algo y descansar de nuestro paseo por la ciudad.

Ya por la tarde, volvería a cruzar el río en dirección a otro de los templos más importantes de San Petersburgo, la Catedral de San Isaac, construída en el año 1858. A pesar de su imponente tamaño, no me causaría la misma impresión que la Iglesia del Salvador, pues su arquitectura, diseño y colores se asemejaban más a las grandes catedrales de Europa occidental que a la belleza de las iglesias ortodoxas, que parecían sacadas de un cuento, que a menudo encontraba por la ciudad.

No obstante su visita resulta bastante interesante, pues además de su importancia histórica, la Catedral posee un mirador desde el que contemplar algunas de las mejores vistas del centro histórico.

 

                                            

                                             Metro de San Petersburgo                                        Teatro Mariinski

 

El día a día en San Petersburgo me resultaba apasionante...gracias a los más de 20 kilómetros que caminaba diariamente pude familiarizarme con la ciudad en tiempo récord, visitando, además de sus atracciones principales, lugares históricos, o templos de una belleza sin par, como el célebre Teatro Mariinski, la Catedral ortodoxa de San Nicolás, en la que incluso participaría en un bautizo, o la curiosa Estación Finlyandsky, en la que se encuentra una imponente Estatua de Lenin.

Cuando me cansaba de caminar me dirigía al metro (el más profundo del mundo) y recorría las estaciones del centro histórico, cuya decoración parecía trasladarte a un museo. Para comer acudía a los supermercados de las afueras, más económicos que los del centro, y compraba algo de pan, yogures o carne ahumada que cocinaba en el albergue, donde pronto me ganaría la simpatía de muchos huéspedes, en su totalidad rusos, que se sorprendían de ver a un español viajando en solitario por su país.

Por las noches, caminaba hasta los alrededores de la avenida Nevski Prospect, donde multitud de bares y clubs nocturnos creaban una atmósfera muy agradable. En esta zona era muy fácil conocer gente...en varias ocasiones, me sentaba en alguno de estos locales con una cerveza ''baltika'', la más popular en Rusia, a la espera de que grupos de jóvenes se percataran de que era extranjero y me invitaran a unirme a ellos y brindar con vodka por el devenir de mi viaje.

 

                                            

                                                Catedral de San Nicolás                      Cartel conmemorativo del 9 de mayo

 

Si tuviera que definir San Petersburgo con 3 palabras serían belleza, historia y elegancia...y es que se trata de una ciudad capaz de transmitir una energía muy especial. Ya sea en solitario, con amigos o en alguno de los muchos viajes organizados que transcurren por la ciudad, la antigua Leningrado es un lugar que, al menos, hay que visitar una vez en la vida.

Llegado el 8 de mayo, me despedí de mis amistades locales para caminar hasta la Estación Moskovskiy, desde la que parten los trenes a la capital, Moscú, a la que tenía un gran interés en llegar antes del día 9, en el que se celebra el final de la 2º Guerra Mundial o para los rusos, la ''Gran Guerra Patria'', y en el que toda la ciudad se engalana para la ocasión...un momento histórico que desde hacía años soñaba con presenciar y que, dada mi visita al país...no me podía perder...

Próximo destino: Moscú!!

       

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