Viaje a Suiza: Basilea (I) Berna y Lucerna

Tras la ruta París - Helsinki realizada durante el verano de 2012, culminaría el año viajero con una escapada por el sur de España, visitando parte de Andalucía y Gibraltar, además de una visita express a mi añorada Bucarest. Sería ya a principios de 2013 cuando emprendería el camino hacia un nuevo destino, aprovechando las ofertas de vuelos que múltiples compañías lanzan durante esta época del año.

Siempre me ha gustado viajar en temporada baja, pues además de precios más económicos, es mucho más fácil reservar cualquier tipo de alojamiento, transporte etc...sin las apreturas de, por ejemplo, el verano. Además, durante los periodos no vacacionales, es más fácil apreciar la verdadera esencia del destino que visitamos, de vivir el día a día del lugar, de relacionarnos con su gente, y en definitiva de entender su realidad.

Fue así como comenzaría a preparar un viaje por Suiza y Liechtenstein, una zona que siempre había querido conocer, pues desde pequeño imaginaba sus paisajes montañosos, lagos.. o el tipismo de sus pueblos y ciudades, que intuía repletas de encanto. Además, me apetecía enormemente visitar un destino en el que poder disfrutar de la naturaleza, y Suiza, en el corazón de los Alpes, me parecía el lugar ideal.

De esta forma, y sin pensarlo dos veces, adquiriría un vuelo de bajo coste a la ciudad de Basilea, en la que aterrizaría una fría mañana de finales de enero.

 

               

                                               Estación de trenes de Basilea                        Centralbahnplatz, Basilea

 

El aeropuerto de Basel-Mulhouse era uno de los más peculiares en los que había estado, pues se ubicaba prácticamente en la frontera entre Francia y Suiza, y a pocos kilómetros de Alemania, siendo el único aeropuerto completamente binacional del mundo. Suiza era un país caro, aunque con algo de paciencia es posible encontrar buenas opciones tanto para el transporte como para el alojamiento.

Para moverme por el país, había oído hablar de la Swiss pass, una tarjeta con aparentes descuentos en trenes, autobuses o barcos locales..pero su precio triplicaba al del ''One country pass'' de Interrail, ofreciendo prácticamente el mismo servicio, resultando este último bastante asequible y fácilmente amortizable. En cuanto al alojamiento, tendría la suerte de ser acogido por varios amigos durante gran parte del viaje, y en lugares como Zúrich, gracias a la amplia oferta hotelera, y a la escasa ocupación de aquellas fechas, no tendría gran dificultad en encontrar alojamiento en hoteles o albergues a precios razonables.

Desde el aeropuerto me dirigiría en autobús a la Estación Central de Basilea, desde la que directamente partiría hacia Berna, la capital del país, puesto que, al ser mi vuelo de vuelta también desde Basilea, había planeado visitar la ciudad durante las horas previas a mi vuelo de vuelta a casa.

Lo primero que me sorprendió de la estación de Basilea, y a la postre, de las de todo el país, fue la tremenda organización, y especialmente, la puntualidad. Daba igual que se tratara de una gran estación con decenas de andenes, o una más pequeña situada en un puerto de montaña, todas respetaban al minuto los horarios establecidos, algo que sin duda se agradecía. Tras exactamente 57 minutos de viaje, el tren llegaría a Berna, una ciudad en la que, a pesar del día soleado, el termómetro no superaba los -10º...

 

                         

                                        Bärenplatz, en el centro de Berna                Zytgloggeturm o Torre del reloj

 

La Estación de Berna se encuentra en pleno Centro Histórico de la ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983. Desde la Plaza de la Estación caminaría a través de la calle Spitalgasse hasta Bärenplatz, y a continuación hasta la Bundesplatz, uno de los centros neurálgicos de la ciudad, donde visitaría el Parlamento, o el Banco Nacional Suizo.

En la parte trasera del edificio del Parlamento descubriría un mirador, ubicado junto a una zona verde, desde el que se apreciaba el Kirchenfeldbrucke, uno de los puentes más característicos de la ciudad, así como el río Aare, que durante aquellos días estaba congelado.

A pesar de las bajas temperaturas, sentía que la ciudad estaba viva. Muchas familias salían a pasear, comprar, o disfrutar de los muchos mercadillos que durante aquellas horas se celebraban en la ciudad. Incluso los niños más pequeños parecían estar acostumbrados al frío, y jugaban en los parques con total normalidad mientras otros tiritábamos a pesar de nuestras varias capas de ropa de abrigo.

Tras recorrer la zona del Parlamento, caminaría hasta encontrar la Zytgloggeturm o Torre del reloj. Construída en 1256, la Torre del Reloj es uno de los símbolos de la ciudad. Su reloj astronómico, carillón, o los distintos elementos ornamentales que encontramos en prácticamente toda su estructura hacen que sea uno de los lugares más especiales de la capital suiza. Desde la Torre del Reloj me dirigí hacia Kramgasse, una de las calles comerciales por excelencia de la ciudad, en dirección a la Berner Münster o Catedral de Berna.

 

               

                                             Interior de la Catedral de Berna            Berna, desde el mirador de la Catedral

 

Con sus 100,6 metros de altura, la Catedral de Berna es el edificio religioso más alto de todo el país. Construída entre 1421 y 1893, esta catedral de estilo gótico es uno de los principales puntos de interés de la ciudad, pues por cerca de 5 francos, podemos no sólo visitar su interior, sino ascender los 344 escalones que nos conducen hasta el mirador de la torre, desde el que podemos apreciar las mejores vistas de la ciudad.

Después de tomarme un tiempo disfrutando de aquella panorámica, y de bajar cuidadosamente los 344 escalones, me dirigiría de nuevo a la Plaza de la Estación para emprender mi camino hacia el próximo destino. Berna era una ciudad que me había gustado, pues a pesar de ser la capital del país, es un lugar muy manejable para el viajero, con distancias cortas, que hacen que su centro histórico sea fácilmente recorrible a pie.

Tras casi hora y media de viaje desde Berna, llegaría a una ciudad en la que tenía depositadas muchas espectativas, Lucerna.

Con cerca de 200.000 habitantes, Lucerna es el centro cultural, económico y social de la Suiza central. Una de las mayores atracciones de Lucerna, y de toda Suiza, es el famoso Kapellbrücke, el puente de madera más antiguo de Europa, que construído en 1365, conecta el casco antiguo de Lucerna con la zona más moderna de la ciudad.

                   

                

                                               Estación de trenes de Lucerna                        Kapellbrücke, al atardecer

 

La ubicación de la estación, en pleno centro y a pocos metros del lago, hacía que fuera realmente fácil situarse en Lucerna. Tras disfrutar de la puesta de sol y hacerme las primeras fotografías junto al Kapellbrücke, gracias a la ayuda de un grupo de turistas japoneses, seguiría las indicaciones que me había dado Markus, el amigo que iba a hospedarme durante aquella noche, para llegar a su apartamento.

Tras celebrar nuestro encuentro junto a varios amigos y disfrutar de una cena hispano/suiza, saldríamos a recorrer el casco antiguo de la ciudad. Casas burguesas, hoteles de lujo, chocolaterías...Lucerna era una ciudad tremendamente elegante, y sin duda, agradable.

A la mañana siguiente, además del casco antiguo, volvería a visitar el famoso Kapellbrücke, junto al otro puente de la ciudad, el de Los Molinos, situado junto al dique de las agujas, cuya función es la de regular el nivel del agua que entra y sale del lago. Uno de los lugares que más me gustó de Lucerna, fue la Iglesia de los jesuitas, reconstruída en estilo renacentista tras el incendio que sufrió durante el siglo XVII, a excepción de sus dos torres góticas, que se salvarían de la quema.

Una de las cosas que más me llamó la atención de Lucerna, fue que muchas de sus casas, especialmente del centro histórico, estaban pintadas con motivos de fiestas, celebraciones o carnavales, dando una imagen muy colorida a la ciudad. En ocasiones, Lucerna parecía una ciudad de cuento..limpia, ordenada, bien cuidada..y con mucho encanto. Si la primera impresión de Berna había sido muy positiva, Lucerna no se quedaba atrás, pues además de la ciudad, la gente, su amabilidad, educación..hacían que se tratara de un lugar especial.

Tras recorrer cada palmo de la ciudad, y vivirla ''desde dentro'' gracias a la ayuda de mi anfitrión, me despediría de él para emprender el camino hacia un nuevo destino, en este caso...un nuevo país!

Próxima parada: Liechtenstein!

 

 ©2017 Mis Rutas por el Mundo