Tanzania: del Kilimanjaro a Zanzíbar

Tras casi dos semanas de viaje por Etiopía y Kenya, llegaba el momento de volar a Tanzania, tercer y último país de mi aventura africana. 

Con una población que supera los 50 millones de habitantes, Tanzania es uno de los países más bellos paisajísticamente de todo el continente, gracias a una diversidad que abarca desde las regiones montañosas del norte, en las que se encuentra el mítico Monte Kilimanjaro, a las islas paradisíacas del Índico, como las del archipiélago de Zanzíbar, pasando por parques naturales, volcanes, zonas de sabana o manglares que, en los últimos años, han empezado a atraer visitantes de todos los rincones del mundo.

 

                                  

                                Indicaciones al Kilimanjaro                                                         Camino de tierra hacia Moshi

 

Con la intención de conocer de norte a sur este país, me embarcaría en Nairobi rumbo al Aeropuerto Internacional del Kilimanjaro, próximo a las ciudades de Arusha y Moshi, y puerta de entrada habitual para aquellos que pretenden escalar la famosa montaña.

El vuelo duraría en torno a una hora, tras ello realizaría mi visado tanzano ''on arrival'', pagando 50$, enseñando mi cartilla de vacunación y rellenando un par de impresos sanitarios y de aduanas. Apenas había movimiento en aquel pequeño aeropuerto, y más durante aquellas horas de la noche...tan sólo algunos grupos de alemanes, nórdicos y británicos, ataviados con vestimentas de montaña, deambulaban por allí cargando sus pesados equipajes.

Tras convencer a un grupo de boy scouts americanos de que me llevaran en su autobús, dado los precios prohibitivos que me ofrecían los taxistas locales, conseguí llegar al pueblo de Moshi. Aunque Arusha es considerada la capital de la región, decidí asentarme en Moshi por dos motivos, el primero y más simple es que, al estar más cerca del Kilimanjaro, consideré que tanto sus vistas como acceso serían mejores, y el segundo, que Arusha es la base principal de todos los touroperadores de la zona, por lo que la imaginaba llena de turistas y menos auténtica que Moshi, donde sería más fácil entrar en contacto con la gente local.

 

                                  

                            Paisaje montañoso en Marangu                                El Parque Nacional, Patrimonio de la Humanidad

 

Tras pasar la noche en un albergue de las afueras (Rafiki backpackers) caminaría en dirección a Moshi para comenzar mi visita de la localidad. Lo primero que me llamó la atención fue la calma y tranquilidad de la zona, y el hecho de que, a pesar de conservarse la esencia local, el extranjero no llamaba la atención, como sí sucede en otros países africanos.

También me sorprendieron los colores de los caminos, los prados, la vegetación...y el aire tan puro que se respiraba, pero sobre todo, las vistas del Kilimanjaro, que aparecía y desaparecía entre las nubes bajas que cubren la zona, y formaban una panorámica de lo más especial.

Una vez visitados los principales puntos de Moshi, como su mezquita, mercados, bazares y algunas plazas con monumentos conmemorativos, me dirigí a la estación de autobuses para tratar de llegar a un acuerdo con un taxista local. Si de algo me había dado cuenta, es que el norte de Tanzania es una zona realmente cara para el viajero...pues actividades como safaris, visitas a parques nacionales como el Serengueti, subidas a volcanes como el Ngorongoro o al propio Kilimanjaro, son controladas por agencias que ofrecen precios desorbitados a turistas a los que no les importa pagar 400 o 500 dólares por un par de días de safari.

Por ello el mochilero ha de buscarse la vida más que nunca...y eso es lo que hice, preguntarle a un taxista local por cuanto me llevaría a las principales atracciones de los alrededores, como la propia Puerta del Kilimanjaro, a casi 2000 metros de altitud, las cataratas de Marangu o algunas aldeas de la zona...cerrando el trato por unos 40$ y pasando un día de lo más especial, entre poblados, baobabs gigantes, plataneros y un entorno natural realmente único.

 

                                    

                           Entrada al Parque del Kilimanjaro                                                      Mercado local en Moshi

 

Tras varios días explorando Moshi y los pueblos de montaña de sus alrededores, en los que aprovecharía para hacer diversas rutas de senderismo y ''desconectar'' verdaderamente del mundo exterior, proseguiría el camino hacia la última etapa de mi viaje, la que me conduciría a la Isla de Zanzíbar.

Para ello, tomaría un autobús desde Moshi, que tras 14 horas de viaje, me dejaría en las afueras de Dar es Salaam, ciudad más poblada de Tanzania y antigua capital del país. Al contrario que en la zona norte, la tranquilidad en la ciudad brillaba por su ausencia...el tráfico parecía caótico, los taxistas y vendedores se aproximaban a toda prisa en la estación ofreciendo multitud de servicios, y la posibilidad de dormir en el aeropuerto, a la espera de mi vuelo del día siguiente, fue desaconsejada por los propios tanzanos debido a la falta de seguridad.

Por ello acabé reservando una habitación de hotel en el centro, donde aprovecharía para dar una vuelta. Con un toque mucho más ''árabe'' que cualquier gran ciudad africana de los alrededores, reconozco que Dar es Salaam no me terminó de seducir, aunque el pescado fresco que se sirve en los muchos restaurantes de los alrededores del puerto, recién traído del Índico y a precios irrisorios, hizo que la parada en la ciudad mereciera la pena.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, tomaría un vuelo en avioneta de apenas media hora al Aeropuerto de Kisauni, en la Isla de Zanzíbar.

  

                                 

                          Catedral de San José, en Zanzíbar                                                         Plaza de Stone Town

 

Con una población cercana a los 200.000 habitantes, Zanzíbar es una región semiautónoma de Tanzania comprendida por dos islas, Unguja y Pemba, siendo la primera la principal y en la que se desarrolla la mayor parte de actividad económica, turística e industrial, adoptando en ocasiones para sí misma el propio nombre de Zanzibar.

Lo cierto es que, además de playas paradisíacas, Zanzíbar es un lugar que rebosa historia...tras ser parte del Sultanato de Omán, de Portugal, del Imperio Británico, país independiente, y parte de la actual Tanzania desde el año 1964, su mestizaje y multiculturalidad es algo que se hace patente en su capital, Stone Town, declarada Patrimonio de la Humanidad y que, ubicada a pocos kilómetros del aeropuerto, recorrería de arriba a abajo durante casi 3 días.

Sus edificios de piedra coralina, mercados, bazares, puerto de pescadores, tiendas de artesanía, el Fuerte Viejo, la Casa de las Maravillas, y en general, sus callejones laberínticos a pocos metros de la playa son algo que no os podéis perder durante vuestra visita.

Pero como ya tocaba disfrutar de las playas de arena blanca, decidí continuar mi recorrido a la zona de Matemwe, al este de la isla, decisión que me alegré de haber tomado pues acabaría siendo mi favorita de Zanzíbar...playas kilométricas sin apenas turistas, aldeas locales, algún mercado...y unos paisajes de postal en la misma orilla del Índico.

 

                                  

                              Artesanía tradicional de la isla                                                             Playa de Matemwe

 

Pasado el tiempo, mi recuerdo de Zanzíbar es el de uno de los lugares más paradisíacos en los que he estado...puede que lugares como Tailandia, Islas Mauricio o Seychelles tengan playas de un estilo similar, pero lo que hace especial a la zona este de Zanzíbar, es la práctica ausencia de turismo...algo que sin duda acabará en los próximos años pues destinos así son verdaderas minas de oro para operadores turísticos y grandes cadenas hoteleras.

Durante las próximas cinco noches dormiría en una tienda de campaña a pocos metros del mar (en el Miramont Retreat Zanzíbar, por sólo 10$ la noche), comería pescado obtenido en la misma playa por pescadores locales, me despertaría con el sonido del oleaje, caminaría durante horas por playas vírgenes y recorrería en ''Dala Dala'', nombre que reciben los autobuses locales, el resto de la isla, haciendo excursiones a lugares como la cercana Prison Island, con sus famosas tortugas gigantes, o recorriendo islotes deshabitados que parecían sacados de una película de piratas.

 

                                  

                                 Manglares en Zanzíbar                                                         Barca de pescadores en Kilimajuu

 

Tras una semana de ensueño en Zanzíbar, y casi un mes después de comenzar mi aventura africana en Adis Abeba, tocaba volver a casa, con la sensación de haber vivido un viaje único...cuyas trabas, y dificultades habían supuesto una prueba de superación en un entorno que, sin ser excesivamente fácil para el viajero, resulta de lo más gratificante.

Los paisajes, la naturaleza, lo relativo del tiempo, la tranquilidad, el comer con las manos o el regateo constante eran sólo algunas de las cosas a las que ya había empezado a acostumbrarme, y que a buen seguro echaría de menos en mi vuelta a la realidad....¡hasta pronto África!

 

 

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