Nueva York (III)

Tras dos intensos días de viaje, amanecí en Manhattan con la intención de visitar dos de las zonas más peculiares de la isla, los barrios de Chinatown y Little Italy.

Chinatown, con una población cercana a las 250.000 personas, es el lugar de residencia de la mayor parte de la comunidad asiática de Nueva York. Su ubicación es excelente, pues se encuentra a escasos metros del centro financiero de Manhattan, así como del ayuntamiento de la ciudad. Al norte limita con el Soho y Little Italy, y al este con el puente de Williamsburg, en Lower East Side.

La primera sensación al entrar en Chinatown, es la del enorme contraste que existe entre los rascacielos del resto de la ciudad, con los bloques de apartamentos de 4 o 5 alturas, la mayoría de ellos repletos de carteles en Mandarín o Cantonés anunciando las decenas de restaurantes que pueblan la zona. También son habituales los bazares y tiendas de imitaciones, con relojes rolex, todo tipo de joyería, perfumes o prendas de imitación, en los que el regateo puede disminuír considerablemente el precio de partida. Sin embargo la zona más autentica de Chinatown es la del este, cercana al puente de Williamsburg, pues si bien el comienzo del barrio parece más dedicado a los turistas y a las compras de souvenirs, esta da la sensación de ser un anexo de la propia Pekín, en la que apenas se oía hablar un idioma que no fuera el chino.

Tras desayunar un batido de té verde en una confitería tradicional china y visitar un pequeño templo budista, proseguría mi camino hacia Little Italy, la zona que durante décadas acogería a miles de inmigrantes italianos que llegaron a Nueva York. Sin embargo, hoy en día la ''Pequeña Italia'' ha sido absorbida en gran parte por el barrio chino, quedando su zona de influencia reducida a un par de calles en las que destacan el gran número de restaurantes italianos, además de algunas cafeterías y pequeños bazares regidos por chinos.

 

            

                                             Chinatown, al sur de Manhattan                         Centro de Little Italy

 

Desde Little Italy, proseguiría mi camino hacia el sur, hasta una de las zonas más emblemáticas de la ciudad de Nueva York, el puente de Brooklyn.

Inaugurado el 24 de mayo de 1883, se convirtió en la época en el puente colgante más largo del mundo, y sin lugar a dudas, en uno de los más famosos. Su construcción se debió en gran medida a la dificultad que en ocasiones suponiá cruzar el East River, y a la necesidad de conectar las, por aquel entonces, ciudades independientes de Manhattan y Brooklyn. Su longitud es de 1825 metros, por lo que cruzarlo nos supondrá un paseo de alrededor de 20 minutos. Se trata de un lugar especial, repleto de historia, desde el que podemos apreciar unas vistas espectaculares, especialmente al llegar a Brooklyn, pues disfrutaremos de una panorámica de los rascacielos de Manhattan, algo muy recomendable durante la noche.

Tras mi paseo por el Puente, llegaría al otro lado del río, al distrito que le da nombre. Brooklyn, con 2,5 millones de habitantes, es el barrio más poblado de la ciudad de Nueva York. Independiente hasta 1898, Brooklyn sigue conservando gran parte de su identidad propia, pues en mi caso no sólo tuve sensación de estar en otro barrio de Nueva York, sino en otra ciudad. El primer sitio que visitaría sería Brooklyn Heights, el distrito histórico de la zona, en el que la tranquilidad de sus calles, parques, y pequeños comercios como librerías, tiendas de antigüedades o cafeterías, harán que os toméis un respiro tras el ajetreado ritmo de Manhattan. Algo que me sorprendió fue la enorme cantidad de población judía, vestida de la forma ortodoxa tradicional, pues en ocasiones parecía que más que en Nueva York, me encontraba en la propia Israel.

Tras visitar algunos lugares de interés de Brooklyn, como el Prospect Park, segundo más grande de Nueva York, o el Barclays Center, hogar de los recién mudados Brooklyn Nets de la NBA, anochecería al tiempo que el Skyline de Manhattan comenzaba a iluminarse. Además la lluvia hacía acto de presencia, por lo que era hora de volver a casa tras un día más que completo.

 

            

                                                         Puente de Brooklyn                Edificios de la zona de Brooklyn Heights

 

El día siguiente amanecería con un sol radiante. Por el momento, sería mi último día en la Gran Manzana antes de proseguir el viaje, por lo que me dedicaría a visitar algunos de los lugares de interés que aun no había visitado en Manhattan, asi como el distrito de Queens, barrio latino por excelencia de Nueva York.

Gracias al metro, llegaría a la que seguramente sea la estación de tren más famosa del mundo, Grand Central Terminal. Tras visitar su impresionante Hall de más de 1000 metros cuadrados, en el que destaca la enorme bandera estadounidense que tantas veces ha aparecido en multitud de películas, caminaría en dirección hacia otro de los edificios más emblemáticos de Nueva York, el Chrysler Building. Inaugurado en 1930, el edificio Chrysler fue durante 11 meses el más alto del mundo, siendo posteriormente superado por el Empire State. Realmente es un edifico que impresiona, especialmente en los días soleados, cuando la luz se refleja en sus estructuras metálicas y ofrece al espectador la impresión de que está brillando..para mí, tras la Liberty Tower, es el rascacielos más bonito de Nueva York. La parte negativa es que, al contrario de lo que sucede en el Empire State o el Rockefeller Center, no es posible acceder a la parte superior, pudiendo únicamente visitar la entrada y el vestíbulo.

Tras ello, me dirigí hacia otro lugar muy característico, la Sede de las Naciones Unidas, ubicada en la parte más oriental de Manhattan. Recuerdo la gran cantidad de embajadas y consulados de países de los cinco continentes que tenían su sede en esta zona...algunos muy curiosos, como los de Bhutan, Islas Seychelles, Uzbekistán o las Islas Salomón. Tras dar una vuelta por la zona, buscaría la estación de metro más cercana para cruzar al otro lado del East River y llegar hacia mi objetivo de aquel día: Queens.

 

            

                                        Edificio Chrysler, desde la 3º avenida               Sede de las Naciones Unidas


Hablar de Queens es hacerlo del distrito más grande de los cinco que componen la ciudad de Nueva York, y probablemente también del más multicultural, pues de los 2,3 millones de habitantes que posee, el 30% son de origen europeo, el 26% de origen latino, el 21% asiático y el 19% afroamericano, encontrando otros grupos minoritarios de casi cualquier parte del mundo. Si en comparación con Manhattan, Brooklyn parecía otra ciudad, Queens parecía otro país..sin rascacielos ni tiendas de lujo, Queens es un lugar muy colorido, musical...repleto de olores, sabores..me llamo la atención el elevado número de hispanohablantes, y el hecho de que en este distrito se encuentre el conocido como nuevo barrio chino, pues a falta de espacio en Manhattan, Queens parece la zona de expansión natural de la ciudad, y por ende, de todas las comunidades residentes en ella.

Tras pasear por el centro de Queens, entraría a comer a un restaurante de comida rápida que hacía las veces de Quiosco, locutorio y cafetería..en él ojearía el mapa de Nueva York para darme cuenta de que, a las afueras de Queens, se encontraban dos de las atracciones deportivas más importantes de la ciudad, el estadio de béisbol de los Mets, segundo equipo más importante de la ciudad tras los históricos Yankees, y la sede del Abierto de tenis de los Estados Unidos, cuya pista central, la Arthur Ashe, con capacidad para 22.547 espectadores, ostenta el honor de ser la más grande del mundo.

 

            

                                                          Estadio de los Mets                      Complejo del US Open de tenis

 

Tras visitar los dos complejos deportivos, ubicados prácticamente uno frente al otro (y ambos gratuítos) volvería a coger el metro en dirección a Manhattan para, paseando por la 5º Avenida, despedirme momentáneamente de la ciudad. Sabía que en 2 semanas volvería, pues mi vuelo de vuelta era también desde el aeropuerto JFK, pero aquellos primeros días en Nueva York serían muy difíciles de olvidar..

Aquella noche cenaría junto a mi anfitrión y algunos amigos, para al día siguiente despedirme y emprender el camino hacia mi próximo destino: la ciudad de Philadelphia.

 

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