Sarajevo, mi ciudad favorita de los Balcanes

Tras abandonar Zagreb en torno a las 12 de la noche, dormiría un par de horas hasta ser despertado por el conductor del autobús...había que bajarse, pues acabábamos de llegar a la frontera bosnia y tocaba control de pasaportes. Tras las posteriores comprobaciones, reanudaríamos un viaje que resultaría de lo más peculiar. Se trataba de un autobús algo antiguo, propio de los años 80, con bastantes plazas, en torno a 60....sin embargo, aquella noche tan sólo eramos unos 10 pasajeros, en su mayoría jóvenes bosnios, más los dos conductores, ambos con cara de pocos amigos y con los que apenas cruzaríamos palabra durante las más de 8 horas de viaje.

Recuerdo como al atravesar la frontera bosnia, el ambiente cambiaría por completo...pronto divisaríamos los primeros minaretes de las mezquitas..los carteles comenzaban a estar en cirílico, y el paisaje, a la vez que las carreteras, comenzaba a ser cada vez más sinuoso.

A partir de aquel momento me resultaría casi imposible conciliar el sueño, en gran parte por la emoción...Bosnia siempre había sido un país que consideraba muy lejano...quizás no en kilómetros, pero si en realidades...y esque recuerdo durante mi infancia, a principios de los 90, cuando al escuchar en televisión términos como ''cascos azules'', ''OTAN'' o ''guerra de Bosnia'', me inundaba una gran tristeza...no sabía lo que aquello significaba, pero si entendía que no se trataba de nada bueno...y que en ese lugar, llamado Bosnia, había gente que lo estaba pasando bastante mal.

Ahora, casi 20 años después, tenía la oportunidad de visitarlo, de tratar de entender lo que allí había pasado...y sobre todo conocer la realidad de un país en el que la gente de mi generación no ha vivido la guerra a través de las lejanas historias de sus antepasados, sino en primera persona.

Tras atravesar ciudades como Gradiska, Banja Luka o Travnik, llegaríamos a Sarajevo a primera hora de la mañana.

 

            

                                      Plaza Baščaršija, en la zona otomana                         Panorámica de Sarajevo

 

Con una población cercana a los 400.000 habitantes, Sarajevo es la capital y ciudad más poblaza de Bosnia y Herzegovina. Etimológicamente, el nombre de la ciudad proviene de las palabras otomanas ''saray'' (palacio) y ''jedive'' (virrey), por lo que su significado vendría a ser ''el palacio del gobernador''.

Bañada por el río Miljacka, una de las cosas que primero llaman la atención de Sarajevo es su ubicación geográfica...en un valle situado en plenos Alpes Dináricos, y a pocos metros de picos como el Treskavica, de más de 2000 metros de altitud...por ello, Sarajevo es una ciudad muy verde, construída sobre el relieve de las montañas, y con barrios que, a distintas alturas, parecen entremezclarse con la vegetación del bosque...

Eran las 6 de la mañana y acabábamos de llegar a la estación...al contrario que la mayoría de estaciones balcánicas, esta se encuentra algo alejada del centro, y a aquellas horas no parecía que funcionara ningún autobús...además, las taquillas estaban cerradas y tampoco existía un centro de información, por lo que sólo quedaban dos opciones...andar, o coger un taxi. Dado el cansancio de una noche entera de viaje, y la circunstancia de que, realmente no sabía dónde estaba...me decantaría por la segunda opción...en unos 20 minutos, y con 5€ menos en el bolsillo, llegaría a la Plaza Baščaršija, el centro neurálgico de la ciudad, donde encontraría una casa de huéspedes en la que decidiría alojarme los próximos cuatro días...ahora sí, tras dejar la maleta, ducharme, y descansar un rato, comenzaría mi aventura en Sarajevo.

 

             

                                          Fuente Sebilj, construída en 1753                               Biblioteca de Sarajevo

 

Los orígenes de Sarajevo se remontan al siglo XV, época en la que el Imperio Otomano fundaría la ciudad...por ello, gran parte de su esencia se encuentra en la zona de Baščaršija, el barrio turco, donde realmente tendremos la sensación de viajar a otra época...bazares, mezquitas, tiendas artesanales, y pequeños restaurantes en los que por menos de 3€ podemos degustar algunas de las especialidades bosnias como el burek, el čevapčiči o el baklava.

El corazón del barrio de Baščaršija es la plaza con el mismo nombre, en la que nos encontramos con uno de los símbolos de la ciudad, el Sebilj. Se trata de una fuente de madera y piedra construída en forma de kiosco en el año 1753, que según la leyenda, otorga a todo viajero que de ella beba la oportunidad de volver algún día a la ciudad. Lo cierto es que se trata de un lugar con muchísimo encanto, especialmente durante la noche, cuando queda totalmente iluminada...uno de esos lugares mágicos que no podemos perdernos durante nuestra visita a la ciudad.

Otra visita obligada en el barrio turco es a alguna de sus muchas mezquitas, verdaderas obras de arte, como la Ferhadija, la Gazi-Husrevbey o la Muslihudin, construídas a principios del siglo XVI. Una de las primeras sensaciones que percibí en Sarajevo, y que confirmé con el paso de los días, sería la de su tolerancia religiosa...parece una contradicción en un lugar tan marcado por la guerra, pero lo cierto es que mezquitas, iglesias ortodoxas, católicas y sinagogas convivían codo con codo, a pocos metros unas de otras, con absoluta normalidad.

Tras pasar gran parte del día en el barrio turco, y visitar otros lugares de interés como la Biblioteca de Sarajevo, recientemente reconstruída a causa de los desperfectos que ocasionaros los bombardeos de los años 90, continuaría mi camino en dirección norte, para, a través de pequeños callejones en cuesta, llegar a una de las colinas que bordean la ciudad. En tan sólo 15 minutos a pie, llegaría a un mirador cuya panorámica podría describir como mágica...Sarajevo se extendía frente a mi...mientras distinguía los minaretes de las mezquitas que había visitado, el río Miljacka, o me estremecía al ver la multitud de cruces blancas de los diversos cementerios que bordean Sarajevo, anochecería para dar fin al que sería mi primer día completo en la ciudad.

 

            

                                        Puente Latino, sobre el río Miljacka            Catedral Católica del Sagrado Corazón

 

Al día siguiente, madrugaría para seguir el cauce del río hasta llegar a otro de los símbolos de Sarajevo, el Puente Latino. Construído a mediados del siglo XVI, este puente de piedra (originalmente de madera) es uno de los más importante de la ciudad, y a buen seguro, el más simbólico. Junto a él, el 28 de junio de 1914, se produciría uno de los acontecimientos que marcarían la historia del siglo XX, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, acto que marcaría el comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Tras cruzar el puente y detenerme en la placa que recuerda el lugar exacto en el que se produjo el incidente, echaría un vistazo al Museo Sarajevo 1878 - 1918, en el que se muestran fotografías, documentos y objetos relacionados con el Imperio austrohúngaro, la vida del archiduque o el transcurso del atentado.

Caminando en dirección al centro histórico, entraría en la calle Ferhadija, una avenida que une el barrio turco con la parte más moderna de la ciudad. Se trata de una zona con edificios, en su mayoría, de estilo clásico, y con comercios más ''europeos'' que los que encontramos en Baščaršija...hoteles, agencias de viajes, cafeterías, tiendas de ropa..en ella parece que, en sólo 5 minutos, viajamos de un barrio de Estambúl a otro de Viena o Budapest.

En sus inmediaciones, encontramos algunos de los templos más importantes de la ciudad, como la Catedral católica del Sagrado Corazón, de estilos  neogótico y neorrománico, construída a finales del siglo XIX, o la Catedral ortodoxa serbia, de estilo barroco, y construída apenas unos años antes, en 1874.

 

            

                                                Catedral Ortodoxa Serbia                            Cartel de bienvenida a la ciudad

 

Los días en Sarajevo transcurrían con tranquilidad...había algo que hacía de la ciudad un lugar mágico, diferente, y pasear por sus barrios, parques...se convertía a menudo en una lección de historia, pues casi en cada esquina había una placa conmemorativa en recuerdo de un acontecimiento que allí había sucedido.

Recuerdo como un día, al caminar hacia la estación para comprar los billetes para mi próximo destino, atravesaría una zona cuyos edificios presentaban innumerables agujeros de bala, incluso boquetes provocados por los obuses o artillería pesada...y la gente, ya sean ancianos, niños..vivía en ese entorno con total normalidad, acostumbrados a ese paisaje, y lo más importante, con una sonrisa de oreja a oreja...y esque Sarajevo, a pesar de lo que ha sufrido, no resulta una ciudad triste...

A lo largo de los días que pasé en la ciudad, ninguno de los habitantes con los que hablé, ya sean camareros, taxistas, empleados de la oficina de información turística, o gente con la que me cruzaría en el camino, me transmitiría una idea triste, no me hablarían de la guerra, ni de sufrimiento...sino de fútbol, gastronomía, del orgullo que supuso al país celebrar los juegos de invierno del 84, de lugares que visitar...y esa es la lección que aprendí de Sarajevo...que hay que recordar el pasado, aprender de él...pero sobre todo sonreír, mirar al futuro, pues a buen seguro lo mejor está por venir...

Tras despedirme de Sarajevo, una ciudad que por muchas razones nunca olvidaré, emprendí el camino hacia la estación central, donde a primera hora de la mañana me esperaba un autobús hacia mi próximo destino..un nuevo país, una nueva capital...Belgrado.

 

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